sábado, 12 de abril de 2014

LA SOCIOLOGIA COMO CIENCIA Y PROFESION

PROFESIÓN: CIENTÍFICO

Pierre Bourdieu.

   La sociología es una ciencia que incomoda porque, como toda ciencia ("no hay más ciencia que la de lo oculto", decía Bachelard), devela cosas ocultas, y que en este caso se trata de cosas que ciertos individuos o ciertos grupos pretenden esconder o esconderseporque ellas perturban sus convicciones o sus intereses. Es el caso, por ejemplo, en que la sociología establece que los altos funcionarios provienen en proporciones muy importantes de los medios más privilegiados y, particularmente, de la muy alta función pública: pone en duda uno de los fundamentos principales de la legitimidad del Estado, es decir, la selección democrática de su personal. De allí que algunos le negarán siempre a la sociología la cientificidad, aunque satisfaga todas las exigencias de una ciencia; los objetos con los que ella trata son frecuentemente posturas políticas que desencadenan las pasiones: es esto lo que hace que muchos lectores de trabajos sociológicos den su aprobación o su desaprobación no en función del rigor de la demostración lógica o de la verificación empírica, sino en función del grado en el que los resultados confirman o invalidan sus prejuicios.

   Mi primer trabajo se centró en la estructura del espacio de la casa kabila. Para llevar a cabo estos estudios reconstruí centenares de planos de la casa y de los actos rituales realizados en cada zona de la casa, por ejemplo cerca del fogón o en el umbral. El análisis de todo lo que se dice a propósito de cada una de las partes de la casa, de lo que hace con cada uno de los objetos o de los instrumentos que son puestos allí, etc., me permitió desgajar una estructura de oposiciones, un poco parecida a un lenguaje, que permitiera dar cuenta, como se decía en el gran siglo, de las conductas en apariencia sin ton ni son que la gente lleva a cabo. Habiendo reconstruido esta lógica, me he podido percatar de comportamientos que no había observado directamente: dónde se hacía la limpieza de los muertos, por ejemplo. Deducción que mis informadores han confirmado posteriormente.

   Como los kabileños, nosotros estamos conducidos en nuestras prácticas y nuestras opiniones por "mecanismos" profundamente escondidos, que la ciencia debe descubrir. La parte de nuestras acciones que controlamos es muy débil con relación a aquella que incumbe a "mecanismos" que, inscritos en nuestro cuerpo por el aprendizaje, no son pensados conscientemente o que funcionan fuera de nosotros, según las regularidades de las instituciones.

   Sobre la base de encuestas y análisis estadísticos, elaboré hace 20 años un modelo matemático de la frecuentación a los museos. Este modelo, que permitía predecir un aumento considerable del público de los museos y la tasa de crecimiento, ha sido hasta hoy, validado por los hechos, por la evolución del número de las entradas. Este modelo descansaba principalmente en la existencia de una muy fuerte correlación entre la frecuentación de los museos y el nivel de instrucción medido por los diplomas obtenidos o, más exactamente, por el número de años de estudios (del que se sabe que no ha dejado de aumentar). Esta relación no tiene en sí misma nada de evidente, a pesar de las apariencias: se sabe en efecto que el lugar que la enseñanza tiene en la educación artística es muy débil.

   Pero hubo gente que se ofendió al ver que el sociólogo reducía el amor al arte (éste fue el título que le di, un poco irónicamente, al libro en el cual expuse los resultados) a un efecto de la educación escolar y familiar (la primera dependiendo estrechamente de la segunda). A la gente cultivada le gusta pensar que su cultura es un don de la naturaleza; piensan el amor al arte según la lógica del amor súbito, del flechazo o del genio. Todos ellos conocen un conserje cuyo hijo se transformó en politécnico y piensan que los hijos, si no hubieran sido "estropeados" por la educación, amarían el arte de vanguardia (eso es lo que dicen con gusto los artistas de vanguardia).

   Paradójicamente, los mismos que criticaban la existencia entre los gustos artísticos y la educación o, en otro dominio, entre el éxito escolar y el nivel cultural de la familia, podrían, en otros momentos, reprocharme por enunciar evidencias, si no es que por decir banalidades.

   Una de las razones que hacen que la sociología se esfuerce más que otras ciencias en progresar y en imponer el reconocimiento de sus progresos, es porque ella debe descubrir verdades que, siempre difíciles de mantener al día, son en ocasiones profundamente rechazadas o negadas.

   Yo he hecho todo lo que he hecho en etnología y en sociología tanto en contra todo lo que me habían enseñado como con todo lo que yo había aprendido. No quisiera que se viera en esta fórmula una afirmación de la pretensión, frecuente entre los artistas y los escritores, de ser un arranque inicial, un creador increado que no se debe a nadie. Quiero decir simplemente que, sacando constantemente partido de mi formación, y en particular de mi cultura teórica, y para poder sacar de allí verdaderamente partido, he debido romper con la pretensión de la altura teórica a la que estaba asociada mi trayectoria escolar, la de filósofo normalista: aquellos que se distinguían por una carrera "brillante" no pueden, sin rebajarse, comprometerse a trabajos prácticos tan vulgarmente bajos como todos los que forman parte del oficio de sociólogo. Las ciencias sociales son difíciles por razones sociales. El sociólogo es aquel que va por la calle e interroga al primero que pasa; que lo escucha y aprende de él. Es lo que hacía Sócrates. Pero los mismos que celebran todos los días el culto a Sócrates, son los últimos en comprender y admitir esta suerte de abdicación del filósofo - rey frente a lo "vulgar" que pide la sociología.

   Por supuesto que la conversión que he debido operar para llegar a la sociología no está desligada de mi trayectoria social: yo pasé mi infancia en un pequeño pueblecito, atrasado, como se dice en las ciudades, del sudoeste de Francia. Y no habría podido satisfacer las primeras experiencias escolares más que repudiando o renegando muchas de mis primeras experiencias y primeras adquisiciones. Y no solamente un cierto acento... La etnología y la sociología me han permitido reconciliarme con mis experiencias primitivas, y asumirlas sin perder nada de lo que yo había adquirido desde entonces. Es algo muy raro entre los tránsfugas, que viven frecuentemente en el malestar o la vergüenza de su experiencia originaria.

   Cuando yo trabajaba en Argelia, con los campesinos kabileños, usaba frecuentemente, para entender, analogías con el mundo campesino que conocí en mi infancia. Para hacer patentes los términos de esta analogía, emprendí un estudio sobre el pueblo en que pasé mi infancia y mi adolescencia. Y lo que aprendí, tanto sobre mi mismo como sobre lo que estudié en el curso de esta investigación, es lo que me ha permitido trasponer lo que era entonces el modelo dominante en materia de teorías del parentesco: allí en donde se describían los matrimonios como el producto de la puesta en práctica de estructuras inconscientes (en la tradición estructuralista representada especialmente por Lévi-Strauss), yo mostré que los matrimonios en Béarn y también en Kabilia, eran el producto deestrategias complejas, y con frecuencia colectivamente elaboradas. Mostré también que no se podía dar cuenta de cada elección matrimonial sino a condición de tomar en cuenta todo un conjunto de variables, entre las primeras de las cuales estaban todas las características de la casa, entendida ésta en el sentido de conjunto de bienes, tierras, edificios, apellido familiar, honor, reputación, etc., y también en el sentido de conjunto de personas, toda la gente de la casa, que se trata de reproducir biológicamente, pero también socialmente.

   Este cambio de perspectiva teórica era, sin duda, inseparable de un cambio en la relación teórica con ese objeto particular que son los agentes sociales: cambio que no estaba en sí mismo desligado del hecho de que yo tenía un punto de vista menos distante, menos exterior y superior, sobre personas que me eran familiares.

   Descubrí, leyendo a Flaubert, que estaba sin duda muy marcado por otra experiencia social, la del internado. Flaubert dice más o menos: "Aquel que ha conocido el internado a los diez años, conoce todo sobre la sociedad". No es por azar que el hermoso libro intitulado Asilos que mi amigo Erwing Goffman, el gran sociólogo norteamericano, ha consagrado a lo que él llama "instituciones totales" (cuarteles, conventos, hospitales psiquiátricos, campos de concentración y también internados), haya sido muy revelador tanto sobre el poder de las instituciones como sobre las estrategias de los individuos emplean para sobrevivir a sus coacciones, a veces terroríficas, que aquellas imponen. Me pregunto, a veces, de dónde me viene la capacidad de comprender y anticipar las experiencia de situaciones que no he conocido: pienso por ejemplo, en el trabajo en cadena o en la vida de oficina. Yo creo que he tomado en mi infancia y a todo lo largo de una trayectoria social que, como la de todas las personas en ascensión rápida, me ha llevado a atravesar muchos medios sociales, toda una serie de fotografías mentales que mi trabajo de sociólogo me da la ocasión de desarrollar.

   Con la misma lógica que me condujo a estudiar el pueblecito de mi infancia mientras estudiaba a los aldeanos kabileños, me propuse tomar como objeto mi propio universo de universitario. Estoy convencido, en efecto, de que muy frecuentemente las proposiciones con pretensión universal que los universitarios escriben sobre el Universo no son más que la universalización de su experiencia particular de la universidad. 

   La filosofía crítica nos ha enseñado que previo a todo conocimiento riguroso está el conocimiento de los instrumentos del conocimiento. Esto no ha sido nunca tan verdadero como en la sociología: el sociólogo está siempre expuesto a aplicar el mundo social categorías de pensamiento que han sido inculcadas en su espíritu por el mundo social. Por ello le es necesario analizar sociológicamente las condiciones sociales de producción de sus instrumentos de pensamiento. Esto lo hice en una investigación en la que estudié, en 1967, al conjunto de profesores parisinos de las facultades de letras, ciencias, de derecho y de medicina. Quería comprender no solamente las leyes del funcionamiento de ese microcosmos social que es el mundo científico -que es el trabajo ordinario del sociólogo- sino también y sobre todo tratar de ver, como, a través de esas leyes, se ejercen sobre el pensamiento del sociólogo (y también de otros especialistas) toda suerte de limitaciones cognoscitivas.

   Me impresiona mucho, cuando hablo con mis amigos químicos, físicos o neurofisiólogos, las semejanzas entre su práctica y la del sociólogo que hace realmente su oficio. Una jornada de un sociólogo semeja mucho a la de un científico ordinario, con su parte de cocina experimental, de análisis estadístico, de lecturas de artículos científicos, de discusión con los colegas, etcétera.

   Muchas de las dificultades que encuentra la sociología están en el hecho de querer a todo precio que no sea una ciencia como las otras. Por supuesto no se trata de negar la especificidad de lo "humano" en que los filósofos y muchos malos sociólogos se autorizan para impugnar la posibilidad de una ciencia del hombre. Se trata solamente de encontrar los recovecos, ver los ardides que permiten dar cuenta de ella científicamente, sin reducirla.

   En efecto, se espera a la vez demasiado y demasiado poco al sociólogo. Si yo hiciese una lista de los temas con respecto a los cuales los periodistas me piden entrevistas que yo rechazo casi siempre, pero que muchos de los sociólogos entre comillas se apresuran a aceptar, estaría aterrorizado: pueden ir desde la amenaza de la guerra, hasta el largo de las faldas, pasando por la evolución del partido comunista o del sida. Se confiere al sociólogo un papel que es el del profeta, capaz de dar respuestas de apariencia coherente y sistemática a todas las preguntas de la existencia y en particular a las cuestiones de la vida y de la muerte. Es una función desmesurada e insostenible, que no es sano conceder a un hombre. Pero al mismo tiempo se le niega (al sociólogo) lo que puede realmente reivindicar: la capacidad de responder de manera precisa y verificable a un cierto número de problemas que está en capacidad de construir científicamente.

   Las particularidades de la sociología se acercan mucho a la imagen que se hacen de ella los profanos. Durkheim decía que uno de los obstáculos más grandes para la constitución de la sociología como ciencia, reside en el hecho de que cada quien, en sus materias, piensa tener la ciencia infusa. Los intelectuales y los periodistas, especialmente, que no soñarían en discutir un trabajo de física o biología, o incluso un debate con pretensión filosófica entre un físico y un matemático, no vacilan, sin embargo, en juzgar un análisis científico, igualmente exigente y riguroso, del funcionamiento de la universidad o del mundo intelectual.

   La ciencia social que, como toda ciencia, está construida contra el sentido común, contra las apariencias primeras, está por ello también permanentemente sometida al veredicto de sentido común. Es así como los investigadores menos competentes -para no hablar de los simples profanos- están seguros de encontrar cierta aprobación entre los profanos más directamente interesados cuando se proponen "refutar" en nombre del sentido común las adquisiciones científicas obtenidas al precio de una ruptura -frecuentemente difícil de poner en práctica y hacer comprender- con el sentido común (habría que poner ejemplos pero sería largo y difícil). La refutación científica de estas "refutaciones" a la usanza de los profanos no es siempre fácil paradójicamente. Schopenhauer cuenta en alguna parte que una de las estrategias retóricas que considera de las más desleales consiste en lanzar al adversario, en un debate público, una objeción a la cual este último no puede responder verdaderamente sin dar argumentos que pasarán por encima de la comprensión de la mayoría del público -el sociólogo frecuentemente está situado ante este tipo de situación. Puede refugiarse en el silencio, y dejar el estrado a los titiriteros. Pero no le es fácil resignarse a esta retirada cuando él cree, como yo, que su ciencia puede cumplir funciones liberadores, tanto como las otras ciencias, si no es que más.

FUENTE: Bourdieu Pierre. Capital cultural, escuela y espacio social. 5ta edición. Editorial Siglo XXI. México, 2003. Pág. 65 - 73.

LOS MECANISMO IDEOLOGICOS-DISCURSIVOS DEL PODER

Los mecanismos ideológicos-discursivos del poder y la conformidad social

Hegemonia

LOS MECANISMOS IDEOLÓGICO-DISCURSIVOS DEL PODER Y LA CONFORMIDAD SOCIAL. UNA RELECTURA DE LA IDEOLOGÍA ALEMANA
Miguel de la Torre Gamboa
A diferencia de los años que ahora corren, los cuarenta y cincuenta fueron para los marxistas mexicanos y latinoamericanos, años de certezas y esperanzas: un militante de la izquierda sabía qué esperar y qué hacer en el terreno de las convicciones y de la interpretación de la realidad, así como de la revolución social y las apuestas de futuro; en esos tiempos, los militantes de la izquierda marxista podían distinguir claramente el discurso revolucionario del reaccionario: se sabía, por ejemplo, que el discurso revolucionario era científico y el reaccionario era ideológico. Estaba claro que la ideología no era otra cosa que el discurso en el que se expresaban los intereses de la clase dominante a través de una serie de sustituciones convenientes: donde el discurso ideológico decía “el interés de la humanidad”, quería decir “el interés de la burguesía”, donde decía “progreso”quería decir “ganancia para el burgués”, donde decía “predominio de la visión laica y científica”, quería decir “subordinación exclusiva a la visión del mundo de la burguesía”.
Llegaron los años setentas y con ellos diversos eventos que comenzaron a minar esa confianza y las esperanzas que alimentaba, eventos de muy distinta naturaleza: unos positivos y otros negativos. Algunos de ellos fueron, por ejemplo, las críticas de filósofos, principalmente europeos, al marxismo ortodoxo ruso: también conocido como Dia-Mat: Pensamiento Dialéctico-Materialista; la difusión y condena mundial del autoritarismo estalinista y su consecuente crisis estructural, hasta el posterior derrumbe del llamado “socialismo real”; la aparición de nuevos enfoques y perspectivas de análisis que significaban una renovación del marxismo o su articulación a otras posturas teóricas, con la consiguiente revisión de principios y fundamentos; el creciente desencanto e incertidumbre ante el fortalecimiento del capitalismo descarnado y el hundimiento de los movimientos sociales y políticos que le hacían frente; las crisis estructurales de la economía mundial y el encumbramiento del mercado como eje rector de las políticas públicas; pues bien, todo esto contribuyó a esfumar las certidumbres y a volver sospechoso el discurso cierto.
La acusación de ideología que el marxismo había venido dirigiendo al discurso de sus adversarios se volvió contra él mismo; Marx y el marxismo eran ahora culpables no sólo de parcialidad y cegueras sino, además, de introducir en su discurso una condena moral que lo descalificaba para el estatus de científico y para constituirse en alternativa de cambio social.
Por esos años se comenzó a hablar de ideología en otros términos, menos polémicos, más académicos y neutrales y, sobre todo, se eliminó la connotación peyorativa y devaluatoria que desde los inicios del siglo XIX había adquirido, a partir de las acusaciones deNapoleón Bonaparte a los intelectuales revolucionarios que se quedaban encerrados en el mundo de las ideas, incapaces de cambiar efectivamente el mundo, lo mismo que la carga que sobre el concepto había arrojado el marxismo al definirlo como falsa conciencia.
Se comenzó a conceptualizar la ideología como un modo del discurso, como una clase de discurso no científico y más propio de ámbitos como el político, el confesional o el de los proyectos de cambio social. El problema con lo ideológico dejó de ser el que enmascarara sus afirmaciones sobre lo real para defender unos intereses: se aceptaba ya que esa es su naturaleza, que se trata de un modo de hablar del mundo para motivar a quienes son los receptores de ese discurso, a comprometerse con determinados valores o proyectos; la propia acusación de ideológico dirigida contra el marxismo, no llevaba ya la carga de ser un discurso falaz, sino de ser un discurso “descalificado histórica y científicamente”.
Terry Eagleton, por ejemplo, recoge, en su libro Ideología (1997), una lista de 16 acepciones del concepto, mismas que él considera “en circulación” en ese momento, algunas de ellas son: a) El proceso de producción de significados, signos y valores en la vida cotidiana; b) Ideas que permiten legitimar un poder político dominante; c) Comunicación sistemáticamente deformada; d) Aquello que facilita una toma de posición ante un tema; e)Tipos de pensamiento motivados por intereses sociales; f) Pensamiento de la identidad; g)Ilusión socialmente necesaria; h) Cierre semiótico.
Para los setenta, entonces, es claro que ya no se sostiene aquella conceptualización decimonónica de la ideología como discurso encerrado en el mundo de las ideas e incapaz de construir alternativas prácticas al problema del cambio social, que Napoleón Bonaparte popularizó, o la que se atribuye a Marx y Engels en La ideología alemana, en el sentido de conciencia deformada y deformante de la realidad para expresar los intereses de clase; siguen dándose esos usos al concepto, pero no son ya los únicos, ni menos los dominantes.
Ante la nueva gama de acepciones, y ante el reclamo de considerar la reflexión sobre las ideologías, ya no como asunto de filosofía o epistemología, sino de sociolingüística o de análisis del discurso, es claro que ya no podemos, sin más, usar el término para combatir el discurso de nuestros adversarios académicos o políticos como falsedad y desconexión de la realidad. Si queremos llamar “ideológicos” a sus planteamientos será porque podemos mostrar que su modo de hablar del mundo encubre el propósito de legitimación del poder que los hace tener esa visión de las cosas. No podremos sostener la acusación de ideología contra el discurso de alguien si no es para decir que en su argumentación hay un propósito que no es el que se asume abiertamente: que se trata de un discurso interesado, de un discurso construido para algo más que simplemente significar, comunicar o expresar el mundo; que es un discurso de algún modo ligado al poder y orientado a legitimarlo o a combatirlo.
Quienes aspiramos a reconocernos todavía dentro de la tradición marxista del pensamiento social, nos encontramos, entonces, ante la necesidad de una doble definición: por una parte, reconocer que efectivamente había implicaciones subjetivas en la teoría marxista y en general en el discurso de la revolución socialista y, por la otra, encontrar el modo de recuperar lo valioso de los planteamientos de Marx y Engels en La ideología alemanarespecto de los mecanismos del funcionamiento de la conformidad social y el poder. Ambas exigencias nos llevan a la necesidad de releer el libro, sobre todo su primer capítulo, y reanalizarlo a la luz de las nuevas acepciones del concepto.
Así las cosas, el propósito de estas páginas es discutir nuevos argumentos con los que, autores ubicados o bien dentro del campo del marxismo o que asumen ellos mismos una herencia marxista, intentan presentar con una perspectiva menos reduccionista del problema de las ideologías; argumentos que, desde mi punto de vista, se encontraban ya presentes en La ideología alemana, pero que no habían sido destacados, toda vez que ésta había venido siendo leída exclusivamente en clave “dialéctico-materialista”; es decir, sólo desde la perspectiva de recuperar en ella los argumentos que demostraran la “objetividad” y la “cientificidad” de la concepción marxista de la vida y la transformación social; una lectura que no buscaba otra cosa que reforzar la idea de la superioridad y la irreversibilidad histórica de la visión del mundo y de la transformación social que el Partido Comunista de la Unión Soviética sostenía; una lectura que, en su momento, combatieron pensadores como Gramsci y Lukács y cuyo fracaso histórico nos obliga hoy a esta relectura del texto y a elaborar nuestra propia interpretación.
1. La ideología como significación
La cultura y la ideología son significaciones y producción de significados. Las ideologías constituyen modos de saber y de hablar del mundo; han de entenderse como prácticas discursivas y cosmovisión (Weltanschauung) y no como sistema de ideas o concepciones en las que se expresa un partidarismo; así lo consideran Julieta Haidar (1992) y John B. Thompson (1984 y 1993), quienes conceptualizan las ideologías en términos de:prácticas sociales discursivas en las que cobran cuerpo relaciones asimétricas de poder. Se combinan en esta conceptualización ideas provenientes de campos de conocimiento tan distintos como: La sociología del conocimiento, la teoría gramsciana del poder, la semiótica de la cultura y el análisis del discurso. Esta definición recupera lo fundamental del planteamiento de Marx y Engels en la medida en que habla de las ideologías como resultado y fundamento de la práctica social, como construcción colectiva de significados y como terreno de la confrontación de las visiones del mundo dominante y subalternas.
La idea de la ideología como prácticas sociales discursivas, no está presente sólo en esos dos autores, aunque en ellos está directamente presentada en esos términos; argumentos en torno a esa idea de lo ideológico como saber práctico en el que se expresan modos de vida colectiva y construcciones colectivas de sentido, es decir formas de saber, pueden encontrarse también en autores menos declaradamente marxistas y menos centrados en el tema de las formas de saber que enmascaran relaciones de poder.
Es una idea también presente entre quienes hablan de la cultura como sistemas de significación que resultan de las relaciones e interacciones de los seres humanos entre sí y con su entorno, y como resultado de las relaciones de poder; punto de vista que, como he dicho, y este es mi argumento, se encuentra desarrollado en el capítulo I de La ideología alemana.
Esta concepción se basa, entonces, en la idea de que los seres humanos se construyen a sí mismos en su práctica y en las interacciones que, en el marco de unas práctica sociales determinadas, establecen con la naturaleza y con los otros hombres; esto es, la idea del hombre como productor de sí mismo y de un entorno significativo; como un ser práctico-histórico, ontocreador y productor de sentido, tal como lo señala Juan Garzón Bates en su libro Carlos Marx: ontología y revolución (1974).
Un texto muy importante para apuntalar esta idea es el que Peter Berger y Thomas Luckmann escribieron con el nombre de La construcción social de la realidad, apoyado, según establecen en la introducción, en Marx y otros, para explicar que la especie humana, a diferencia de otras, no tiene un ambiente específico para desenvolverse; no cuenta con un hábitat y un equipo biológico naturalmente dados y relativamente constantes para todas las generaciones de individuos. Ellos demuestran a lo largo de su libro que si algo hace posible la sobrevivencia humana, este algo no tiene que ver con la genética o la fisiología, sino con estructuras y pautas de comportamiento socialmente y culturalmente construidas. “¿De dónde deriva la estabilidad del orden humano que existe empíricamente? [...] [se preguntan] En primer término [dicen ellos], se puede señalar el hecho evidente de que todo desarrollo individual del organismo está precedido por un orden social dado; o sea que la apertura al mundo, en tanto es intrínseca a la construcción biológica del hombre, está, sin embargo, siempre precedida por el orden social. En segundo término [...] la apertura al mundo, intrínseca biológicamente a la existencia humana, es siempre transformada… por el orden social en relativa clausura al mundo”. El orden social —explican— es un producto humano, “una producción humana constante, realizada por el hombre en el curso de su continua exteriorización” (1979: 71-72).
Por su parte, François Châtelet, en la introducción a la Historia de las ideologías,publicado en español en 1980, tiene un planteamiento que reconoce expresamente su deuda con Marx; argumenta que “Hablamos de ideología [...] cuando tratamos de la aparición de nuevas actitudes inventadas por los pueblos para afirmar su identidad, consolidar su poder, reconocerse en los laberintos del cielo y de la tierra, del deseo y de la palabra, de los sueños y de las realidades [...] [ideología es] el sistema más o menos coherente de imágenes, de ideas, de principios éticos, de representaciones globales [...] de gestos colectivos, de rituales religiosos, de estructura de parentesco, de técnicas de supervivencia [...], de expresiones que ahora llamamos artísticas, de discursos míticos o filosóficos, de organización de los poderes, de instituciones [...] sistema que tiene como meta regular en el seno de una colectividad [...] las relaciones que los individuos mantienen con los suyos, con los hombres extranjeros, con la naturaleza, con lo imaginario, con lo simbólico, los dioses, las esperanzas, la vida y la muerte” (1980: 8).
Así las cosas, Châtelet sostiene también el punto de vista en el que la ideología es unavisión enmascarada, es decir, tamizada, de la realidad; un discurso que afirmando en la superficie unas cosas, juega, por debajo de la mesa, el papel de apuntalar y legitimar otras no explícitas. Un filtro que se constituye a partir de determinaciones que vienen de la propia práctica social, del hecho de que los seres humanos están en el mundo armados de una conciencia y una subjetividad que no funciona a la manera de un espejo, sino impulsada y regida por las aspiraciones y deseos de los sujetos concretos y por su lugar en la estructura social. No puede funcionar como espejo, porque su papel no es dejar al mundo como está, sino transformarlo y adecuarlo para que satisfaga necesidades que, como hemos visto, no vienen resueltas con el equipo biológico.
Clifford Geertz (2000), un autor quizá no tan cercano al marxismo como los anteriores, abona también esta idea al proponernos interpretar la cultura como una serie de mecanismos de control, a los que define como programas que gobiernan las conductas de los seres humanos. El hombre depende de estos programas para orientarse en el mundo. A través de ellos, la indeterminación biológica queda fijada en unas pautas de conducta efectiva, culturalmente establecidas en un sistema de carácter simbólico: pensar, actuar, estar en el mundo no es algo que se resuelva en la cabeza de cada individuo, aisladamente. Es el resultado de lo que él llama “tráfico de símbolos significativos”. Entre los autores más recientemente difundidos en México, encontramos una postura que, además de ser muy interesante, complementa y refuerza el planteamiento que vengo desarrollando aquí; ésta es la de Iuri Lotman: uno de los muchos intelectuales silenciados largo tiempo por la URSS, pero reconocidos internacionalmente por sus aportes al análisis de las interacciones entre lenguaje, cultura y poder. En su libro La semiosfera, aparecido en México en 1998, explica que la cultura es un sistema sígnico cuya función consiste en organizar estructuralmente el mundo que rodea al hombre con base en el lenguaje natural. El lenguaje natural —dice— es el dispositivo estandarizante estructural por excelencia, que permite el paso del mundo abierto de los realia al mundo cerrado de los nombres.
Lotman habla de la cultura como la memoria no hereditaria de una colectividad que se expresa en determinado sistema de prohibiciones y prescripciones; un sistema que, aunqueLotman no lo dice expresamente, no puede configurarse sino a través de las relaciones de poder, es decir, se trata de prohibiciones y prescripciones desde el poder; un sistema de reglas semióticas con arreglo a las cuales la experiencia de la humanidad se convierte en cultura: las reglas de traducción de la experiencia inmediata al texto. La incorporación de un hecho en la memoria colectiva aparece como una traducción. Del caótico mundo de lo real al ordenado, sistemático y jerárquico sistema sígnico de la cultura. De este modo, el cambio cultural, por ejemplo, aparece como lucha con las palabras, lucha con los viejos rituales, lucha con los viejos símbolos.
Pero, al mismo tiempo, la cultura es un sistema incompletamente construido, un sistema vivo, su incompletitud no es un defecto sino una condición del funcionamiento normal del sistema sígnico de la cultura. En la cultura se conservan y se transmiten mensajes, informaciones, ideas, saberes, pero al mismo tiempo se crean nuevos. La conservación y transmisión de los mensajes se ajusta a reglas que permiten el traslado del mensaje del destinador al destinatario, sin que se produzca pérdida o cambio de sentido; pero en el caso de la creación de nuevos mensajes, entra en juego un dispositivo diferente: se trata de una traducción.
El nuevo mensaje es una incorrección respecto del mensaje inicial. Para que este tipo de operación tenga lugar es necesaria una estructura multilingüe en los sujetos, de modo que puedan hacer la traducción de lo nuevo a lo existente. Por supuesto, hay que decir que en esta zona de la traducción de los mensajes nuevos al sistema de reglas existente, mediante el cual se distingue entre lo real y lo irreal, entre cultura y no cultura, se abre la posibilidad del cambio, de la innovación y la revolución.
Como podemos ver, Lotman coincide con la interpretación marxista de la cultura como ideología a través del concepto de semiosfera. La semiosfera es un espacio cerrado en el que tienen lugar los procesos comunicativos y la producción de nueva información. Es un conjunto de textos y de lenguajes que comparten un espacio sígnico común; éste espacio sígnico común no es otra cosa que la ideología dominante. Un espacio fuera del cual, es imposible la semiosis (la producción de signos y significados).
La cultura, entonces, no es un sistema homogéneo y sin conflictos; Lotman establece que en las fronteras de una cultura, esto es, en los límites entre lo que forma parte de ella y lo que no, tiene lugar una intensa actividad de traducción, de filtraje de lo ajeno y lo extraño, que permite un contacto adaptativo y da lugar a la conversión de no mensajes en mensajes; de no mensajes en información (filtraje, en el sentido en que se habla de que algo se escurre al otro lado, a veces sin que nos demos cuenta cómo). Es claro que estos mecanismos de la producción y reproducción sígnica de cultura están articulados hacia el ejercicio del poder; es decir, que junto con la cultura se reproducen unas específicas relaciones de poder y que no hay, entonces, producción y reproducción de significados sin producción y reproducción del poder de unos sujetos sobre otros en el marco de una cultura; en otras palabras, no hay producción y reproducción de la cultura sin producción y reproducción de ideologías.
Desde mi punto de vista, hay una clara articulación entre estas ideas y lo expuesto porMarx y Engels en La ideología alemana. En su primer capítulo, Marx y Engelsestablecen que las ideas de una época reflejan el modo como viven, producen sus medios de vida e interactúan entre sí los individuos de una comunidad determinada; es decir, que se reflejan en ellas sus condiciones materiales de vida, el modo como producen y reproducen su vida; pero, al mismo tiempo, ese reflejo de las condiciones de vida en la conciencia se convierte en una fuerza organizadora y estructurante que transforma al propio modo de la vida material, y constituye el cemento que mantiene unido al edificio social.
Ideología y cultura
Una ideología surge, opera y se desarrolla en el marco de una cultura. Hay una correspondencia necesaria entre esa cultura y las ideologías que se desarrollan dentro de ella. En cada cultura hay una visión del mundo y unas relaciones de poder que se corresponden con, y se expresan en determinadas ideologías, mismas que se explican sólo en el marco de dicha cultura.
La cosmovisión dominante en una cultura juega un papel fundamental en el mantenimiento y la reproducción de las relaciones de poder en la medida en que asegura la cohesión social y la conformidad en torno a las estructuras y modos de funcionamiento de la vida social de ese momento; juega este papel porque se trata de una interpretación que explica las relaciones de poder existentes como parte necesaria de la realidad, porque impide, convirtiéndola en irracionalidad, cualquier otra interpretación que suponga como posibles una estructura social y unas relaciones de poder diferentes; porque presenta como natural y necesario, lo que es resultado de prácticas sociales y correlaciones de fuerzas históricamente determinadas. Fragmentos del capítulo 1 de La ideología alemana en los que podemos encontrar estas ideas son, por ejemplo, los siguientes:
La organización social y el Estado brotan constantemente del proceso de vida [...] como el lenguaje de la vida real [...] y lo mismo ocurre con la producción espiritual, tal y como se manifiesta en el lenguaje de la política, de las leyes, de la moral, de la religión, de la metafísica, etc. [...] La conciencia no puede ser nunca otra cosa que el ser consciente. (25-26)
Se parte del hombre que realmente actúa y, arrancando de su proceso de vida real, se expone también el desarrollo de los reflejos ideológicos y de los ecos de este proceso de vida. También las formaciones nebulosas que se condensan en el cerebro de los hombres son sublimaciones necesarias de su proceso material de vida [...] La moral la religión, la metafísica y cualquier otra ideología [...] pierden, así, la apariencia de su propia sustantividad [...] No es la conciencia la que determina la vida, sino la vida la que determina la conciencia. (26)
[La filosofía alemana, incluido Hegel y los viejos y nuevos hegelianos] [...] ha hecho caso omiso de esta base real de la historia, o la ha considerado simplemente como algo accesorio [...] sólo acierta a ver en la historia las acciones políticas de los caudillos y del Estado, las luchas religiosas y las luchas teóricas en general, y se ve obligada a compartir, especialmente, en cada época histórica, las ilusiones de esta época [...] Lo que estos determinados hombres se “figuraron”, se “imaginaron” acerca de su práctica real se convierte en la única potencia determinante y activa que dominaba y determinaba la práctica de estos hombres. (41-42)
A partir del hecho de que en esa cosmovisión se expresan los intereses de la clase dominante, a los que legitima y hace aparecer como naturales, Marx y Engels la designan como falsa conciencia, es decir, como conciencia deformada de lo real. Falsa conciencia y legitimación del dominio de clase, no son independientes, dicen Marx y Engels, sino que “la falsa conciencia, velando o enmascarando los aspectos más duros y antagónicos de la dominación, tiende a facilitar la aceptación de la situación de poder y la integración política y social.
Por otra parte, precisamente por ser falsa conciencia, la creencia ideológica, no es una base independiente del poder, y su eficacia y su estabilidad dependen, en último análisis, de aquéllas, propias de la base efectiva de la situación de dominación” (1979: 787).
Uno de los intelectuales más destacados de lo que se llamó marxismo crítico fue, sin duda,Antonio Gramsci quien, además, ha sido reconocido como uno de los analistas más agudos y profundos del funcionamiento de los mecanismos del ejercicio del poder y la conformidad social. Gramsci es central en la explicación de la correspondencia necesaria entre una cultura, las ideologías que se desarrollan dentro de ella y unas específicas relaciones de poder.
Gramsci se inscribe también en la línea de reflexión que La ideología alemana inaugura; él habla de un papel central del lenguaje ordinario, el sentido común y las nociones compartidas sobre el mundo y el hombre, en la legitimación y apuntalamiento del poder en una sociedad o una época determinadas.
Gramsci (1978) analiza el tema de la visión del mundo dominante en una cultura y su impacto en las relaciones de poder de varios modos; uno de ellos, el más importante, es su comprensión de los mecanismos del ejercicio del poder: el poder, nos explica, se ejerce por dos vías: el consenso y la coerción. La vía del consenso apunta a lo que él llama hegemoníay corresponde a los mecanismos a través de los cuales una clase se manifiesta como clase dirigente; la hegemonía consiste en la capacidad de esa clase para imponer su visión del mundo al conjunto de la sociedad como visión del mundo conscientemente afirmada, necesaria, legítima y racional. Esa capacidad y los mecanismos de poder para imponerla no impiden que, a otros niveles (inconsciente colectivo, por ejemplo) permanezcan elementos de otras visiones del mundo diferentes, y que en ciertas circunstancias (por ejemplo en situaciones de estallido social) se hagan presentes; Gramsci usa el concepto de cultura subalterna, para expresar estos contenidos de conciencia latentes y no conscientemente afirmados.
La conformidad social se consigue por la vía del consenso. Desde su punto de vista, se construye a través de diversos mecanismos, estructuras, prácticas culturales e instituciones sociales sobre las que recae la función de asegurar la preeminencia de la visión del mundo en la que se sostiene el grupo social en el poder (Louis Althusser, siguiendo aGramsci, llamó a éstos: aparatos ideológicos de Estado). La hegemonía se combina con la dominación, es decir con el funcionamiento de aquellos otros mecanismos instituciones y prácticas, encargados de la misma función pero, esta vez, por la vía de la coerción.
Gramsci, define la ideología como una concepción del mundo que se manifiesta en todos los aspectos de la vida individual y colectiva y que se expresa, con distintos grados de elaboración, desde el sentido común, la religión y el folclor, hasta la filosofía. La ideología es un elemento de la sociedad civil; es decir, pertenece al terreno donde se desenvuelve la lucha por la hegemonía cultural y allí ejerce su papel de instrumento de dominación. Es por esto que resulta difícil de distinguir o separar en Gramsci los conceptos de ideología y cultura.
Hay, sin embargo, una distinción que Gramsci establece claramente, y que sirve de fundamento a su crítica del papel de los intelectuales en la vida social. Esa distinción es la que apunta a lo que ordinariamente se designa con la palabra cultura, y que designaría propiamente a los contenidos y prácticas de los intelectuales entendidos en sentido tradicional: letrados, literatos, periodistas, hombres de ciencia, etc., quienes juegan un papel dirigente en la vida social a causa de su posesión de conocimientos en un campo específico; conocimientos que, sin embargo, no tienen una relación más profunda con la vida y los intereses de clase de los grupos sociales en particular, sino que están colocados por encima de esa vida y esos intereses. Gramsci critica esa idea de cultura y opone la idea sobre que no puede haber sujetos sin cultura, así que, en grados diferentes, todos son intelectuales. No hay hombres que no sean intelectuales; incluso el intelectual tradicional no es el único actor social que cumple funciones organizativo-directivas en relación con otros sujetos. Aquí es donde propone su idea del intelectual orgánico, como un actor social que cumple esa función organizativo-directiva en campos que usualmente no son identificados como culturales: el partido, el sindicato, la iglesia; es decir, el ámbito de la política y la vida colectiva ordinaria. Con ello afirma que hay otras visiones del mundo que también hay que designar como cultura; que la cultura es un ámbito más amplio que el que tradicionalmente se reconoce y que no es un espacio homogéneo, sino un terreno de confrontación. Es en este terreno, el de las visiones del mundo divergentes: hegemónica y subalterna, para ponerlo en los términos que él usa, en el que se juega la hegemonía. Una historia, unas prácticas sociales, unas tradiciones y patrones de conducta y, sobre todo, una correlación de fuerzas determinada, son las que hacen hegemónica una visión del mundo sobre otras.
Un fragmento muy importante del capítulo 1 de La ideología alemana respecto de esta idea es el siguiente:
[...] si en la concepción del proceso histórico, se separan las ideas de la clase dominante de esta clase misma [...] si nos limitamos a afirmar que en una época han dominado tales o cuales ideas [...] si, por tanto, damos de lado a los individuos y a las situaciones universales que sirven de base a las ideas, podemos afirmar, por ejemplo, que en la época en que dominó la aristocracia imperaron las ideas del honor, la lealtad, etc., mientras que la dominación de la burguesía representó el imperio de las ideas de la libertad, la igualdad, etc. Así se imagina las cosas, por regla general, la propia clase dominante. (51-52)
Ideología y poder
Los últimos 20 ó 25 años nos han dejado una serie de reflexiones de autores preocupados por clarificar las relaciones entre lenguaje, estructura social y poder, en campos muy diversos, por ejemplo, la semiótica de la cultura y el psicoanálisis. Se ha vuelto a hablar así, del papel activo de la ideología en la conformación, legitimación y mantenimiento de las relaciones de poder y se ha contribuido a reforzar, transformándola en algún sentido, la idea de que las ideologías son una visión deformada de la realidad, enfatizando, más bien, que se trata de una visión enmascarada de la realidad; es decir, el resultado de la aplicación de un filtro por el que se hace pasar, intencionalmente o no, los datos de la realidad. No los deforma, sino que los hace aparecer como lo que no son, asumiendo conexiones, interrelaciones, articulaciones que no son reales sino imaginadas.
Una parte importante de estos autores ha planteado la idea de la conformidad social y la legitimación del poder, en términos de prácticas sociales discursivas. Su punto de vista es que la conformidad social se consigue por la vía de las prácticas discursivas en que se concreta la visión del mundo de los sectores o clases sociales en el poder. Argumentan que las prácticas sociales discursivas, de conformidad con las cuales se desenvuelve la vida ordinaria de la comunidad, y que continuamente producen, difunden y reproducen, una visión del mundo, que se ajusta, apuntala y reproduce las relaciones de poder imperantes en el orden social establecido.
De esta manera conceptualizan la cultura como un entramado de representaciones e interpretaciones que conforman las ideologías, a través de las cuales se sustenta el poder. Estos autores no sostienen que la cultura se reduzca a la ideología, o que en una cultura encontremos una única ideología dominante, sino que, en una cultura, pueden convivir varias ideologías, o hibridaciones ideológicas, que se interconectan de diversos modos, uno de los cuales puede ser el conflicto, aunque, en la mayoría de los casos, es la subordinación.
Uno de los trabajos más interesantes, desde mi punto de vista, es el que realiza John B. Thompson en torno al tema de las relaciones entre cultura, ideología y poder. Él asume que la interpretación de las ideologías se ha visto enriquecida en los últimos tiempos al interrelacionarse con la reflexión sobre el lenguaje, en la medida en que esta reflexión ha ido dejando claro que:
[...] Estudiar la ideología es, en parte… estudiar el lenguaje en el mundo social
[...] Es estudiar las maneras en que las múltiples caras del lenguaje se intersectan con el poder, nutriéndolo, sosteniéndolo, impactándolo. (1984: 2)
Thompson sostiene que las ideologías no son sistemas de creencias como afirma la sociología contemporánea, ni falsa conciencia, como pensaba el marxismo ortodoxo clásico, sino que se trata de prácticas simbólicas esencialmente ligadas al ejercicio del poder; esto es, discursos dirigidos expresamente a mantener relaciones asimétricas de poder en una sociedad determinada: “ [...] estudiar la ideología es estudiar los modos en que el significado (o la significación) sirve al sostenimiento de relaciones de dominación” (1984: 4).
El foco de interés en la interpretación de las ideologías, establece Thompson, es detectar cómo el discurso moviliza el sentido al servicio de relaciones asimétricas de poder y de dominación, eludiendo tanto el error determinista que pretende explicar las formas simbólicas sólo en función de sus condiciones histórico-sociales de producción, como la del inmanentismo, que reduce toda explicación cultural al análisis formal y meramente interno de las formas simbólicas, equilibrando la dimensión subjetiva y hermenéutica de la cultura con las determinaciones que nacen del contexto histórico-social y las relaciones de fuerza entre los miembros de una comunidad determinada.
En este mismo sentido se expresa un autor que quiero citar aquí; éste es Olivier Reboul, también un marxista declarado, Reboul, define la ideología como:
[...] un pensamiento que sirve, sin decirlo, para legitimar un poder de una manera aparentemente racional [...] sólo gracias al discurso las ideologías pueden cumplir esta función de legitimación [...] Esto se debe a que el discurso posee un poder que le es propio, el de cambiar la fuerza en derecho y la obediencia en deber (1986: 220).
Reboul, considera que en el discurso ideológico se puede reconocer una práctica social en la que las relaciones sociales producidas y reproducidas son las de la dominación social, las del poder social, las de la prevalencia de los intereses y expectativas de una clase o sector social sobre otras. Es decir en el discurso ideológico se expresa y se reproduce una estructura social de dominación, exclusión y marginación. Pero no sólo relaciones de poder se producen y reproducen en esta clase de discurso, también produce y reproduce una visión del mundo y una actitud hacia el hombre y la naturaleza.
Reboul distingue el discurso ideológico de otros que no estarían ligados al poder legitimándolo y sosteniéndolo; para esto se apoya en la clasificación que Roman Jakobson hace del lenguaje a partir de sus funciones: referencial, expresiva, incitativa, poética, fática y metalingüística. Reboul propone que el discurso ideológico no cumple específicamente ninguna de estas funciones, sino que representa una manera específica de aparentar cumplir unas u otras en torno al objetivo de justificar el poder. Si su función es enmascarar, puede aparecer como discurso referencial, práctico, incitativo, etc. Dice él:
“Partiendo de la definición de ideología, el discurso que le es propio jamás aparece como tal [...] su propiedad esencial es disimularse, hacerse pasar por otra cosa. No se puede conocer el discurso ideológico si no es desmitificando un discurso que pretende no serlo [...] no se encontrará un corpus de discursos ideológicos; pero se puede encontrar ideología en los corpus más diversos” (1986: 219).
Para Reboul, Las materialidades que vienen a la existencia a través del discurso ideológico no son exclusivamente el poder de unos sobre otros, o la prevalencia de su visión de las cosas, sino su legitimidad como visión verdadera, real, objetiva, o justa. El discurso ideológico no es un compartimiento sellado, una clase de discurso corrupto o falaz —no es falsa conciencia—, sino que es una dimensión en el uso del lenguaje, por lo que su función de producción y reproducción de relaciones de poder va asociada a otros efectos.
El discurso ideológico, entonces, sólo funciona si enmascara su mensaje como racionalidad, como objetividad, como sentido común, como naturalidad. Mezcla la función propiamente ideológica con otras, que serían las finalmente evidentes.
Fragmentos del capítulo 1 de La ideología alemana a los que podemos referir estas ideas son:
Las ideas de la clase dominante son las ideas dominantes en cada época; o, dicho en otros términos, la clase que ejerce el poder material dominante en la sociedad es, al mismo tiempo, su poder espiritual dominante. La clase que tiene a su disposición los medios para la producción material dispone con ello, al mismo tiempo, de los medios para la producción espiritual, lo que hace que se le sometan [...] las ideas de quienes carecen de los medios necesarios para producir espiritualmente [...] (50)
Las ideas dominantes no son otra cosa que la expresión ideal de las relaciones materiales dominantes, las mismas relaciones materiales dominantes concebidas como ideas; por tanto, las relaciones que hacen de una determinada clase la clase dominante son también las que confieren el papel dominante a sus ideas. (50)
A modo de conclusión:
Como vemos, existe hoy día una poderosa corriente de opinión, sostenida por una gran cantidad de intelectuales, cuyo trabajo proviene de muy diversos campos, que hace perfectamente sostenible la idea de que cultura, ideología y poder, se entretejen en una misma trama; que constituyen dimensiones de una misma realidad que se produce y reproduce continuamente y que al tiempo que crea las condiciones para su conservación y mantenimiento, se abre continuamente a su transformación y, me parece que no hay ningún problema en remitir esta opinión la a lo planteado por Marx y Engels en La ideología alemana. Este planteamiento nos permiten entender el poder y la conformidad social como fenómenos que resultan, no sólo ni principalmente, de la represión y la fuerza, no de la censura y la imposición sino de mecanismos y prácticas sociales en las que una comunidad se reconoce y a las que no opone resistencia, sino en la medida en que busca apuntalar un proyecto de poder y de transformación social alternativo.
El conflicto social, la lucha por el poder: por su conservación o su conquista sirven invariablemente de contexto a la producción y reproducción de la cultura y la ideología, como explica Thompson: “Los hechos culturales son ciertamente constructos simbólicos, pero también son manifestaciones de las relaciones de poder y se hallan inmersos en el conflicto social. Más aún, frecuentemente la cultura funciona como máscara de la dominación” (1993: 40).
Es esta concepción estructural de la cultura que encontramos en Marx, en Gramsci, enThompson, y en los otros autores citados, que considera las formas simbólicas no en sí mismas, sino inmersas en contextos sociales estructurados, la que quiero enfatizar; es también la que nos permite abordar el análisis cultural o de las ideologías como un estudio de la constitución significativa y de la contextualización social de esas formas simbólicas y nos permite replantear el problema de aquello acerca de lo cual podemos tener certidumbres y esperanzas. Si bien, no podemos escapar a la subjetividad y al deseo en los proyectos de conservación o de conquista del poder, si no podemos escapar a las cegueras del conocimiento históricamente situado, si no podemos escapar a las ilusiones y deformaciones del pensamiento socialmente construido para servir de base a las interacciones de la vida ordinaria, al menos podemos tratar de entender cómo funcionan y qué esconden para no tener que sentirnos nuevamente desorientados y desencantados, deprimidos o frustrados.
Bibliografía
BERGER y Luckmann (1997). Modernidad, pluralismo y crisis de sentido. Buenos Aires: Paidós.
CHÂTELET, François (1980). “Introducción”, en Historia de las ideologías, t. I. México: Premiá.
EAGLETON, Terry (1997). Ideología (una introducción). Barcelona: Paidós.
GARZÓN Bates, Juan (1974). Carlos Marx: Ontología y revolución. México: Grijalbo. Col. Teoría y Praxis, 4.
GEERTZ, Clifford (2000). La interpretación de las culturas. Barcelona: Gedisa.
GRAMSCI, Antonio (1978). La política y el Estado moderno. México: Premiá Editora, La red de Jonás.
HAIDAR y Rodríguez (1996). “Funcionamiento del poder y de la ideología en las prácticas discursivas”. Dimensión Antropológica, año 3, vol. 7, mayo/agosto.
LOTMAN, Iuri M. (1998). La semiosfera. Madrid: Fronesis / Cátedra / Universidad de Valencia.
MARX, Karl y Federico Engels (1979). La ideología alemana, 4ª reimp. México: Ediciones de Cultura Popular.
REBOUL, Oliver (1986). Lenguaje e ideología. México: Fondo de Cultura Económica.
THOMPSON, John B. (1993). Ideología y cultura moderna. México: Universidad Autónoma
THOMPSON, John B. (1984). Studies in the Theory of Ideology. LA: University of California.
Publicado originalmente en la revista Dialéctica, nueva época, año 31, números 39 y 40, invierno 2007 – primavera 2008
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EL CONCEPTO DE CRISIS SEGUN GRAMSCI

La crisis orgánica según Gramsci

La crisisEl carácter cíclico de las crisis en el capitalismo, la gran crisis del 29 fueron temas principales en el desarrollo teórico de los marxistas de segunda generación. Gramsci como tantos otros marxistas de la época reflexionó acerca del carácter de las crisis. A simple vista Gramsci nos da una definición de crisis que es muy simple y general, pero desde el punto de vista metodológico, resulta muy operativa:
“Si la clase dominante ha perdido el consenso, entonces no es más “dirigente”, sino únicamente dominante, detentadora de la pura fuerza coercitiva, lo que significa que las clases dominantes se han separado de las ideologías tradicionales, no creen más en lo que creían antes. La crisis consiste justamente en que lo viejo muere y lo nuevo no puede nacer, y en este terreno se verifican los fenómenos morbosos más diversos”(Pasado y Presente, p. 56).
Pero lejos de simplicidades proponemos adentrarnos un poco más en el significado de “la crisis” y para ello conviene que examinemos aquellos textos de los Cuadernos en los que más directa y explícitamente Gramsci analiza tal situación crítica y problemática.
Empecemos con el párrafo La crisis.
En él Gramsci fija algunos elementos fundamentales de una teoría de la “crisis orgánica”.
Primer elemento de la teoría de la crisis orgánica. Con el concepto de “crisis” Gramsci identifica una fase histórica compleja, de larga duración y de carácter mundial, y no uno o más acontecimientos que sean las manifestaciones particulares de ella. El concepto de crisis define, en efecto, aquello que habitualmente se denomina “período de transición”, es decir un proceso crucial en el cual se manifiestan las contradicciones entre la racionalidad histórico-política dominante y el surgimiento de nuevos sujetos históricos portadores de inéditos comportamientos colectivos.
“Se trata de un proceso -escribe Gramsci- que tiene muchas manifestaciones y en el cual las causas y los efectos se complican y se superponen. [...] Se puede decir que la crisis como tal no tiene una fecha de comienzo sino sólo de algunas manifestaciones más clamorosas que suelen identificarse con la crisis, errónea y tendenciosamente. [...] Toda la postguerra es crisis, con intentos de obviarla que algunas veces tienen éxito en este u otro país, nada más. Para algunos, y tal vez no erróneamente, la guerra misma es una manifestación de la crisis, incluso la primera manifestación de la crisis. En efecto, la guerra fue la respuesta política y organizativa de los responsables” (Cuadernos, 1755-56)
En primer término debe notarse que la “gran guerra”, o sea la primera guerra mundial, dadas sus dimensiones, manifiesta el carácter mundial de la crisis misma, y con ello Gramsci corrobora su crítica a “aquellos que en el americanismo quieren encontrar el origen y la causa de la crisis” (Cuadernos, 1755). El carácter mundial de la crisis es destacado por Gramsci en aquél paso en que se puede escapar de ella; ilusión que deriva del hecho que “no se comprende que el mundo es una unidad, se quiera o no se quiera, y que todos los países permaneciendo en ciertas condiciones estructurales pasarán por alguna “crisis” “. (Cuadernos, 1757). En qué sentido la guerra haya sido la primera manifestación de la crisis y la primera respuesta política y organizativa a ella, lo examinaremos más adelante.
El segundo elemento de la teoría de la crisis orgánica consiste en la identificación de ella como proceso que involucra al conjunto de la vida social, razón por la cual no puede ser reducida a sus aspectos particulares: crisis financiera, crisis de autoridad, crisis comercial, crisis productiva, etc. “Es difícil en los hechos separar la crisis económica de las crisis políticas, ideológicas etc., si bien ello pueda hacerse científicamente, es decir, mediante un trabajo de abstracción”. (Cuadernos, 1756)
Es con el concepto de crisis orgánica que Gramsci define una crisis histórica global. Él contrapone el concepto de crisis orgánica al concepto de crisis coyuntural. Una crisis coyuntural “no es de amplia dimensión histórica [...] y  se presenta como ocasional, inmediata, casi accidental” (Cuadernos, 1759) y está determinada por factores “variables y en desarrollo”. (Cuadernos, 1077). Una crisis de carácter orgánico, en cambio, “afecta a los grandes agrupamientos más allá de las personas inmediatamente responsables y más allá del personal dirigente” (Cuadernos, 1759); en este caso “se verifica una crisis, que a menudo se prolonga por décadas. Esta duración excepcional significa que en la estructura se han revelado (han madurado) contradicciones insanables, aunque las fuerzas políticas que actúan en orden a la conservación y defensa de la misma estructura se esfuerzan por sanar en ciertos límites y superar”. (Cuadernos, 1789-80).
Las crisis (coyunturales u orgánicas) se manifiestan en el terreno del mercado determinado; ahora bien, como hemos visto, Gramsci entiende por mercado determinado, “determinada relación de fuerzas sociales en una determinada estructura del aparato de producción, relación garantizada o sea hecha permanente, por una determinada superestructura política, moral jurídica”. (Cuadernos, 1977)
“Pero ¿qué es el mercado determinado y por qué cosa está determinado? Está determinado por la estructura fundamental de la sociedad en referencia, y entonces será preciso analizar esta estructura e identificar en ella aquellos elementos (relativamente) constantes que determinan el mercado, etc., y aquellos otros “variables y en desarrollo” que determinan las crisis coyunturales, hasta que también los elementos (relativamente) constantes sean modificados produciéndose la crisis orgánica”. (Cuadernos, 1077)
Escribiendo específicamente sobre la “gran crisis”, Gramsci señala que
“cada vez más la vida económica se ha venido concentrando en torno a una serie de grandes producciones masivas, y éstas son las que están en crisis: controlar esta crisis es imposible precisamente por su amplitud y profundidad, que han llegado a tener tales dimensiones que la cantidad se convierte en cualidad, o sea hay crisis orgánica y no sólo coyuntural”.(Cuadernos, 1077-78)
Cuando Gramsci subraya el carácter orgánico de la crisis, toma distancia respecto a la asociación que se hace comúnmente entre el concepto de crisis histórica global y las situaciones de estancación o depresión económica.
“Otra cuestión vinculada con la anterior -escribe- es la de ver si las crisis históricas fundamentales estén determinadas inmediatamente por las crisis económicas. [...] Se puede excluir que, por sí mismas, las crisis económicas inmediatas produzcan acontecimientos fundamentales.” (Cuadernos, 1586-87)
A estas consideraciones hace seguir el ejemplo de la gran crisis de 1789 en Francia: ella se desarrollaba en un período en el que
“la situación económica era más bien buena inmediatamente, por lo cual no se puede decir que la catástrofe del Estado absoluto se haya debido a una crisis de empobrecimiento. [...] La ruptura del equilibrio de fuerzas no sucede por causas mecánicas inmediatas de empobrecimiento del grupo social que tenía interés en romper el equilibrio y que de hecho lo rompe (la clase burguesa), sino que sucede en el contexto de conflictos superiores al mundo económico inmediato, conectados al “prestigio” de clase (intereses económicos futuros), a una exasperación del sentimiento de independencia, de autonomía y de poder. La cuestión particular del malestar o del bienestar económico como causa de nuevas realidades históricas es un aspecto parcial de la cuestión de las relaciones de fuerzas en sus diferentes grados”. (Cuadernos, 1587-88)
La crisis orgánica no es, pues, ni una crisis puramente económica ni una crisis específicamente política: ella consiste precisamente en la contradicción entre las relaciones económicas existentes y las relaciones políticas emergentes, entre economía y política, entre “condiciones” e “iniciativas”, entre estructura y superestructura.
En estrecha relación con este segundo elemento, se presenta el tercer elemento de la teoría de la crisis orgánica:
“Una de las contradicciones fundamentales es ésta: que mientras la vida económica tiene como premisa necesaria el internacionalismo, o mejor, el cosmopolitismo, la vida estatal se ha desarrollado siempre más en el sentido del “nacionalismo”, “de la autosuficiencia”, etc. Uno de los rasgos más vistosos de la “actual crisis” es nada más que la exasperación del elemento nacionalista (estatal nacionalista) en la economía: racionamientos, clearing, restricciones al comercio de divisas, comercio balanceado entre dos países, etc.” (Cuadernos, 1756)
La crisis se presenta en el período en que el capitalismo había formado un mercado de dimensiones mundiales, y por tanto se había creado la posibilidad de que los grupos económicos dominantes en las naciones particulares, obtuvieran ganancias sustrayéndolas a otras naciones capitalistas; en estas condiciones el mercado económico internacional se constituye como el lugar de competencia entre grupos económicos dominantes nacionales. Siendo el mercado una “determinada relación de fuerzas sociales en una determinada estructura del aparato de producción”, la conformación del mercado mundial significa: a) que las fuerzas sociales comienzan a actuar a escala mundial, en una estructura del aparato de producción que presenta una interdependencia creciente entre las particulares estructuras productivas nacionales; b) que las fuerzas sociales que enfrentándose entre sí constituyen las relaciones de fuerza se torna mucho más complicado por la sustancial multiplicación de los contenedores.
En estas condiciones, los grupos económicos dominantes, respectivamente unificados en los diferentes Estados nacionales, se defienden unos de los otros a través de políticas económicas nacionalistas, proteccionistas
“Me parece -escribe Gramsci- que haciendo un análisis [de la crisis] se debería comenzar enumerando los impedimentos puestos por las políticas nacionales (o nacionalistas) a la circulación: 1) de las mercancías; 2) de los capitales; 3) de los hombres (trabajadores y fundadores de nuevas industrias y nuevas empresas comerciales) [...]. La premisa mayor en esta caso es el nacionalismo, que no consiste tanto en la intención de producir en el propio territorio todo lo que se consume (que significaría que todas las fuerzas son orientadas previéndose un estado de guerra), y que se expresa en el proteccionismo tradicional, sino en el tentativo de establecer las principales corrientes comerciales con determinados países, o porque son aliados (y por tanto se los quiere sostener y formar de una manera más apta para una situación de guerra) o porque se los quiere destruir ya desde antes de la guerra militar (y este nuevo tipo de política económica es el de los “racionamientos”, que parte del absurdo de que entre dos países deba haber un balance de intercambios pareja, y no que cada país pueda balancear en paridad sólo comerciando con todos los países indistintamente)” (Cuadernos, 1715-16).
Este nacionalismo de la vida estatal era, pues, resultado directo del internacionalismo de la vida económica (internacionalismo contradictorio y parcial, en cuanto expresión de la ampliación del radio de acción de los grupos económicos que se unifican solamente a nivel nacional). He aquí porqué la primera guerra mundial fue la “primera respuesta de los responsables” de la crisis. Y la segunda guerra mundial mostrará después la insuficiencia de esas respuestas a esta crisis.
La contradicción entre el cosmopolitismo de la vida económica y el nacionalismo de la vida estatal está, pues, en el origen de la guerra, en cuanto las relaciones de fuerza a nivel internacional (entre las clases dominantes unificadas en los Estados nacionales particulares) no encontraban un lugar de confrontación política, es decir un lugar de mediación y de recomposición, como pudiera haber sido una institución estatal supranacional. A falta de una dialéctica política de las relaciones de fuerza internacionales, es el momento militar (de las relaciones de fuerza) el que se impone. En este sentido la guerra constituyó un sustituto de un Estado multinacional, o sea un complejo de actividades prácticas y teóricas militares (que definen la guerra, el Estado como guerra) en lugar de aquel conjunto de actividades prácticas y teóricas políticas
- que faltan a nivel internacional “que definen el Estado. En este sentido debe entenderse la concepción de la guerra como continuación de la política con otros medios. (“Continuación” en cuanto agudización de los conflictos políticos internos de cada Estado” las guerras civiles – , pero también como ampliación del campo de la lucha” las guerras entre Estados, las guerras mundiales -, como internacionalización del conflicto).
En este sentido debe reexaminarse la explicación leninista de la guerra, que Gramsci asume en parte en el párrafo Sobre el origen de la guerra (Cuadernos, 1631), según la cual la guerra es la lucha interimperislista por el dominio de los mercados coloniales, “para la subdivisión y nueva repartición de las colonias”. (Lenin, Obras Escogidas,Ediciones Progreso, Moscú, pág. 168). La “gran guerra” fue más bien lucha por la reestructuración de los mercados en los países industrializados.
El cuarto elemento de la teoría de la crisis orgánica está implícito en los tres elementos ya expuestos, y consiste en la identificación del origen de la crisis en un cambio global de las relaciones de fuerza entre las clases y entre los Estados.
“La crisis” tiene su origen en relaciones técnicas, o sea en las posiciones de clases correspondientes, o en otros hechos” ¿Legislaciones, subversiones, etc.? Cierto, parece demostrable que la crisis tiene orígenes “técnicos”, o sea en las respectivas relaciones de clases, pero en sus inicios, las primeras manifestaciones o previsiones dieron lugar a conflictos de diferentes tipos y a intervenciones legislativas que pusieron en evidencia la crisis misma pero no la determinaron, o sólo le incrementaron algunos factores”.(Cuadernos, 1786). Esta no es la simple reafirmación del criterio teórico-metodológico general según el cual todos los procesos históricos son producidos por “y pueden ser explicados como- conflictos entre las clases; ella más bien resumen un análisis histórico específico de la “gran crisis” y de sus manifestaciones particulares. En particular, Gramsci proporciona una explicación original de los fenómenos de inflación y deflación,  de la“perturbación del equilibrio dinámico entre la cuota consumida y la cuota ahorrada del ingreso nacional y el ritmo de la producción” (Cuadernos, 793) como expresión de cambios en las relaciones de fuerza entre las clases y entre los Estados.
Sobre los fenómenos “monetarios de la crisis”:
“Cuando en un Estado la moneda cambia (inflación o deflación) se produce una nueva estratificación de clases en el mismo país; pero cuando cambia una moneda internacional (ejemplo la esterlina y, menos, el dólar, etc.) ocurre una nueva jerarquía entre los Estados, lo que es más complejo y lleva a reducciones en el comercio, y a menudo a guerras, es decir, hay un paso “gratuito” de mercaderías y servicios de un país a otro, y no solamente de una clase a otra de la población. La estabilidad de las monedas es una reivindicación, en lo interno, de algunas clases, y en lo externo (para las monedas internacionales en las que se han tomado compromisos) de todos los comerciantes; pero ¿por qué ellas varían? Las razones son muchas, ciertamente: 1. porque el Estado gasta demasiado, o sea no quiere hacer pagar sus gastos a ciertas clases directamente, sino indirectamente a otras y, si le es posible, a países extranjeros; 2. porque no se quiere disminuir un costo “directamente· (ejemplo el salario) sino sólo indirectamente y en un tiempo prolongado, evitando conflictos peligrosos, etc. En todo caso, también los efectos monetarios son debidos a la oposición entre los grupos sociales, que es preciso entender no siempre al interior del mismo país en que sucede sino en relación con un país antagonista” ( Cuadernos, 1758).
Sobre el problema del desequilibrio entre el consumo, el ahorro y la producción en la “gran crisis”, Gramsci comprende además que, en sus raíces, más que de un desequilibrio en las relaciones entre salarios y ganancias se trata del hecho que “ha ocurrido en la distribución del ingreso nacional a través del comercio y de la bolsa especialmente, que se ha introducido en la postguerra (o ha aumentado en comparación con el período precedente) una categoría de exactores que no representa ninguna función productiva necesaria e indispensable, mientras absorbe una cuota imponente del ingreso” (Cuadernos, 793). Se trata, pues, de la formación (o de la ampliación más allá de ciertos límites) de un grupo social “parasitario”, que implica la estructuración de una composición demográfica irracional. Surge una crisis cuando crecen las fuerzas del consumo en comparación con las de la producción; pero no se trata solamente de una cuestión cuantitativa. La crisis existe cuando “una función intrínsecamente parasitaria se demuestra necesaria dadas las condiciones existentes: ello hace que tal parasitismo sea aún más grave. Precisamente cuando un parasitismo es “necesario” el sistema que crea tal necesidad está condenado en sí mismo” (Cuadernos, 1343).
Estos procesos no dependen naturalmente del desenvolvimiento de los mecanismos económicos, sino que son el resultado de proyectos políticos que tienen en su base el problema de las relaciones de fuerza entre las clases: “La tasa de ahorro o de capitalización era baja porque los capitalistas habían querido mantener toda la herencia de parasitismo del período precedente, con el fin de que no se debilitase la fuerza política de su clase y de sus aliados”. (Cuadernos, 1994)
Aún más:
“Que no se quiera (o no se pueda) cambiar las relaciones internas (y tampoco rectificarlas racionalmente) aparece en la política de la deuda pública, que aumenta continuamente el peso de la pasividad “demográfica·, precisamente cuando la parte activa nacional, aumentan los parásitos, el ahorro se restringe y es desinvertido del proceso productivo y desviado hacia el ingreso público, o sea, convertido en la causa de un nuevo parasitismo absoluto y relativo.” (Cuadernos, 1991)
El quinto elemento de la teoría de la crisis orgánica consiste en la identificación de la ruptura de los automatismos dados y en el surgimiento de nuevos comportamientos colectivos, los cuales sin embargo no alcanzan a expandirse hasta el punto de sustituir a los precedentes. Esta es una “situación de contraste entre “representantes y representados”, [cuyo] contenido es la crisis de hegemonía de la clase dirigente, que sucede o porque la clase dirigente ha fallado en alguna gran empresa suya para la cual haya exigido o impuesto por la fuerza el consenso de las grandes masas (como la guerra), o porque vastas masas (especialmente de campesinos y de pequeño burgueses intelectuales) han pasado de golpe de la pasividad política a una cierta actividad y plantean reivindicaciones que en su conjunto inorgánico constituyen una revolución. Se habla de “crisis de autoridad” y ella es precisamente una crisis de hegemonía o una crisis del Estado en su conjunto”. (Cuadernos, 1603)
Es una crisis del Estado en su conjunto, en el que la clase dirigente ve puesta en tela de juicio su “autoridad” sea por un fracaso propio en una empresa política de envergadura, sea por la movilización activa y consciente de amplias capas sociales antes inactivas (Notas sobre Maquiavelo…, p. 76-77). Estas crisis de hegemonía son
una lucha entre “dos conformismos”. Los viejos dirigentes intelectuales y morales de la sociedad sienten que se les hunde el terreno bajo los pies, se dan cuenta de que sus “prédicas” se han convertido precisamente en “prédicas”, es decir, en algo ajeno a la realidad, en pura forma sin contenido, en larva sin espíritu; de aquí su desesperación y sus tendencias reaccionarias y conservadoras: la forma particular de civilización, de cultura, de moralidad que ellos han representado, se descompone y por esto proclaman la muerte de toda civilización, de toda cultura, de toda moralidad y piden al Estado que adopte medidas represivas, y se constituyen en un grupo de resistencia apartado del proceso histórico real, aumentando de este modo la duración de la crisis, porque el ocaso de un modo de vivir y de pensar no puede producirse sin crisis” (Notas sobre Maquiavelo…, p. 185-186)
Este es el elemento decisivo de la teoría gramsciana de la crisis orgánica. El que permite identificar el rol de la crisis económica al interior de la crisis orgánica: “Se puede excluir que, por sí mismas, las crisis económicas inmediatas produzcan acontecimientos fundamentales; solamente pueden crear un terreno más favorable para la difusión de ciertos modos de pensar, de plantear y de resolver las cuestiones que implican todo el desarrollo posterior de la vida estatal”. (Cuadernos, 1587)
Una crisis económica consiste en efecto, en un desequilibrio en las relaciones de fuerzas del mercado determinado tal que debilita los automatismos dominantes en los comportamientos colectivos, es decir, tal que hace surgir comportamientos deteriorados, anómalos (especulaciones, acaparamientos, atesoramientos, etc.). Estos comportamientos son de naturaleza regresiva; sin embargo, el debilitamiento de los “automatismos dados” es aquello que hace posible que nuevos comportamientos colectivos se elaboren y difundan, es decir, que frente a los nuevos problemas maduren nuevas respuestas teóricas y prácticas al interior de ciertos grupos y organicen su actividad.
Más en concreto, se trata de procesos de movilización y de activación política de determinadas clases, las cuales pasan de la pasividad a la actividad, del consenso pasivo a la autonomía política, de la fase económico-corporativa a la organización en partidos, y que en fin, se ponen el objetivo de la “conquista” del Estado con el fin de que los nuevos comportamientos de los que son portadores se generalicen en toda la sociedad.
La crisis orgánica está, pues, en el hecho de que determinadas clases no se reconocen más en la vida estatal, se separan de los grupos dirigentes dados, pero al mismo tiempo todavía no logran imponerse como nuevas clases hegemónicas. Es el sacudimiento del “bloque histórico” completo, la crisis que abarca tanto la pérdida de hegemonía como de la posibilidad de los dominantes de hacer avanzar la economía, afectando a la estructura y a la hegemonía creada.
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